Era alto y de ojos verdes. Recuerdo la primera vez que lo ví. Apenas estábamos en secundaria, pero el parecía un chico a punto de salir de la preparatoria. Debo admitir que en un principio me daba desconfianza hablarle, se sentaba detrás de mí y yo empujaba mi banca lo más enfrente que podía para que no pusiera sus pies abajo o me dirigiera la palabra.
No me acuerdo cómo empezamos a hablar. Pero sucedió. Me pidió mi teléfono, yo tenía el de él y hablábamos todas las tardes. El día que no me llamaba me ponía a llorar y el que sí me sentía en las nubes. Era un amor muy adolescente.
-”Hola, ¿cuándo vas a ir al museo?”
-”El sábado”.
-”¿Quiseras ir al museo conmigo? Es que no sé redactar muy bien y pues nos podemos ayudar..
-Ok, entonces te veo el sábado a las 12 en el museo ¿Vale?
-Ok, nos vemos. Bye.
-Bye.
Grito; ¡Sí! ¡Sí! ¡Me invitó a salir! ¡ A mí! ¡A mí!
En mi cabeza: ¿Cómo es que este chico no sabe redactar?
El sábado las 12 fueron y vinieron. Me plantó y de la pura depresión me salté la primera sala de la exhibición y en realidad pasé todo muy rápido. Ese muy fresco, quién se cree para plantarme. En fin.
Ring! Ring! Mi casa las 5 de la tarde:
¿Por qué no fuiste al museo?
¿Por qué no fuiste tú al museo? ¡Yo estaba ahí!
Mmmm no no es cierto no te vi…!!
Si ahí estaba….
Pase a la sala uno para ver si te encontraba en la exhibición.
¡Diablos!
Esta historia de Christian, apenas comenzaba.
